miércoles, 1 de septiembre de 2010

Madrid Excelente o el nuevo Fausto


"Madrid Excelente". A cualquiera que haya vivido en los últimos años en la capital del reino o en su alfoz le debe sonar familiar este slogan, sacado de las escuelas de negocios, con el que el gobierno de la Comunidad de Madrid quiere hacer extensible a los servicios públicos la idea de la excelencia.
La excelencia en tanto que ideal, es un concepto dificilmente rebatible. Parece obvio que todos, en nuestro quehacer diario, debemos dar lo mejor de nosostros mismos, prepararnos todo lo que podamos, trabajar mas y mejor para alcanzar las más altas cotas de eficacia y eficiencia. Debemos ser "excelentes". Y sin embargo no se nos debería pasar por alto que, bajo ciertas premisas, existe un lado oscuro en todo esto.
Cualquier organización cuenta con un ideal de funcionamiento, una manera perfecta de hacer las cosas que impregna e informa a sus miembros, a los procesos, a los métodos o a las decisiones que en éstas se toman. Pero ese ideal es por definición tan perseguible como inalcanzable y el problema llega cuando se convierte en obligatorio, generando de este modo una distancia insalvable entre el trabajo real y el prescrito que (y he aqui el error) no se contempla . Como resultado aparecen dentro de las organizaciones la "Tiranía del Ideal" que exige cada vez más de sus empleados, quienes tienen la sensación de no estar nunca a la altura, esperando un reconocimiento que raras veces se les concede.
Esta es la idea central del último libro de Marie- Anne Dujarier: "El ideal en el trabajo" (editorial Modus Laborandi, 2010). En él la autora desgrana a través de la comparación de dos organizaciones: una pública (el servicio geriátrico de un hospital público) y otra privada (un restaurante de comida rápida), este fenómeno, muy propio de las sociedades hipermodernas.
En una epoca sin referents nítidos, muchas perosnas quedan fascinadas por la cultura del rendimiento, la superacion de límites, la ilusión de la excelencia. Buenos ejemplos hay en el deporte de élite, que comparte con determinads prácticas de riesgo la búsqueda del "subidón".
En el mundo del trabajo también se da esta circunstancia: en palabras de Dujarier, "...la ideologia empresarial propone a sus empleados un contrato narcisista que supuestamente responde a sus deseos de superacion y omnipotencia. Un contrato que recuerda al de "Fausto": a cambio de una entrega sin límites, la empresa promete la posibilidad de ser el mejor"