Para todo ello se proponen ciertas soluciones que en algunos casos presentan serias dudas tanto operativas como de fondo. Vamos con ellas.
En primer lugar se apunta que “el gasto en prestaciones por desempleo debe seguir creciendo mientras persista la situación de crisis y seguramente será conveniente alargar la duración de las prestaciones” para apuntalar justo a continuación que “esta medida debería tener carácter transitorio”. Parece evidente la buena voluntad de la medida: reforzar el sistema social en momentos de necesidad confiando en poder retomar una senda más austera cuando pase el chaparrón. Pero a nadie se le escapa que los salarios, (y las prestaciones sociales funcionan como tales) son profundamente inelásticas a la baja, es decir, todas las facilidades que existen para incrementar las retribuciones se convierten en obstáculos a la hora de reducirlas, independientemente de que las modificaciones del mercado laboral así lo aconsejen. Cualquier gerente de Personal sabe muy bien que una subida salarial es “para siempre”, (razón por la cual estas son tomadas con tantas reservas). Pensar en consecuencia que se pueden subir las prestaciones “temporalmente” es cuando menos iluso.
Más plausible parece la siguiente idea: “…en cuanto a las cotizaciones que financian las prestaciones, siguiendo el llamado “modelo austriaco”, puede resultar beneficioso que una parte se acumule en un fondo de ahorro al que el trabajador tenga acceso en caso de quedar parado”. Dicho de otro modo, caminar hacia un modelo mixto de cotización.
En mi opinión, el sistema de capitalización presenta menos problemas de carácter financiero, asemejándose a los seguros privados. De este modo, hace depender la pensión de la cotización previa del sujeto sin que entren en juego otras consideraciones. Es por tanto un sistema más sostenible y que compromete en menor grado a otros resortes del Estado. Su principal problema deriva de la rentabilidad obtenida de los fondos, la cual depende del acierto inversor del Estado. Este problema puede ser minimizado a través del compromiso del propio Estado en asegurar una rentabilidad mínima por encima de aquella que daría el mercado, ya que al ser un sistema obligatorio no debe resultar gravoso para el cotizante.
Por otro lado si atendemos a consideraciones de otro tipo, principalmente al principio de solidaridad, encontramos que el sistema de capitalización tiene importantes carencias en este sentido y el modelo más apropiado en consecuencia es el sistema de reparto ya que éste cuenta con una mayor capacidad redistributiva de la renta. En este caso quedan justificadas situaciones en las que el cotizante obtiene menos pensión que aquella que hubiese obtenido mediante el ahorro privado en virtud del principio de solidaridad. Obviamente el sistema de reparto es más frágil y contiene variables menos controlables por el Estado como es el caso del desempleo o la demografía. En última instancia podrían verse comprometidas partidas de los Presupuestos que debería detraerse para pagar las pensiones.
Es por ello que la mejor opción hoy en día es un sistema mixto que, en mi opinión, debería basarse en el sistema de capitalización pero con importantes mecanismos de ajuste que asegurasen (vía impuestos) la obtención de rentas mínimas, pensiones mínimas o rendimientos por encima del mercado. De este modo se desvincularían las pensiones asistenciales de las cotizaciones, sirviendo estas únicamente al propósito del ahorro para la jubilación.
No hay que olvidar por otro lado que el sistema de seguridad social necesita reformas tan impopulares como necesarias, entre ellas y simplemente a modo de ejemplo, ampliar la edad de jubilación (o más bien hacer depender ésta no de la edad biológica sino exclusivamente de los años cotizados.) o abandonar la indexación de las pensiones al IPC.
Detrás de todo modelo de coberturas sociales, independientemente de cuál sea el sistema utilizado, subyace un problema de incentivos: a mas subvención, menos incentivos al trabajo. La subvención que recibe un desempleado, no debería en modo alguno ser más alta que el salario potencial del desempleado (es decir de su expectativas de ingresos al regresar al mercado laboral) minorado por el coste de oportunidad que implica el propio trabajo (situaciones de economía sumergida de muchos desempleados). Es decir, nadie debe percibir que gana más estando en el paro que trabajando, de lo contrario nadie en su sano juicio querría trabajar para “perder dinero”. Y sin embargo esta aparente perogrullada no lo parece tanto a la luz de las mil y una subvenciones, subsidios, ayudas, prestaciones y el sinfín de enmarañados recovecos a disposición de aquél para quien el trabajo (o al menos el cotizado) es aún un “castigo divino” digno de ser evadido.En definitiva, para que desaparezca la percepción del subsidio como un “derecho adquirido por haber trabajado” es decir, como un premio, el subsidio debe constituir una ayuda a un estado de necesidad realmente comprobado e ir directamente ligado a las medidas de búsqueda de empleo de un modo más eficaz. Propuestas de nuevo impopulares como una duración máxima de 6 meses con capitalización de una parte de las mismas, deben ser tomadas en consideración.


