
El conflicto aparece como una constante en las relaciones de trabajo entre los directores (organizadores de la producción) y los trabajadores (operadores). Pero, ¿por qué?. El origen lo encontramos en la idea de que el capital humano no es comparable en modo alguno a los demás factores de producción (máquinas, edificios o dinero). Al trabajador se le exige una eficacia “técnica” comparable a la máquina, pero además la empresa espera conseguir la “disciplina cultural” del trabajador. De hecho, trabajar en una empresa implica no solo producir correctamente sino sobre todo un proceso de aceptación, de sometimiento a la “disciplina industrial” que acuña y moldea comportamientos con el objetivo de reducir la incertidumbre que genera el trabajo humano. Parece por tanto que la existencia de una “disciplina de empresa” se hace necesaria.
Los primeros intentos disciplinarios los encontramos en unos inexpertos patrones, allá en los comienzos de la Revolucion industrial, que trataban de mimetizar en las incipientes fábricas los modelos de control social propios de instituciones como la familia o el ejército (utilizando como principal método la vigilancia estrecha del trabajador); Posteriormente, el poder patronal para que sea completamente efectivo debia abarcar todos los aspectos de la vida y conducir al obrero desde su cuna hasta su tumba.Se impone la disciplina no solamente con la coerción sino a través de una estrategia de “moralización social”. El patrón se convierte en un benevolente “pater familias” que provee a sus obreros de todo lo necesario: educación, vivienda, alimento, ocio, asilos… Es una suerte de “despotismo ilustrado” donde todo se hace para el obrero pero sin el obrero, quien de este modo comienza a ver las normas de fábrica como un deber moral en vez de una obligación impuesta. Comienza así el proceso de interiorización de la disciplina que culmina con la sustitucion del paternalismo por el “mecanicismo”. La disciplina no nace ya de la voluntad malévola o benévola pero siempre subjetiva del patrón, sino de un dato objetivo: la necesidad tecnológica. Así, la disciplina proviene ahora de la racionalidad del proceso productivo y de los nuevos sujetos encargados de preservarla: los ingenieros. La disciplina deja de ser un fin en si mismo para convertirse en el medio para aumentar la productividad. Esta interiorización del “deber de trabajar” está estrechamente vinculada a la ética protestante. Como apuntó Max Weber en su obra “la ética protestante y el espíritu del capitalismo”, el protestantismo y más concretamente el Calvinismo hizo posible el matrimonio entre la religión y el dinero. Bajo la premisa de que el trabajo debidamente aprovechado es un signo divino de pertenecer a los elegidos, se genera una “ética del trabajo” de modo que trabajar deja de ser una maldición bíblica para convertirse en un valor moral. Hoy en día, conceptos como el de “profesionalidad”, “trabajo bien hecho” “autorrealización a través del trabajo” o el “self-made man” forman parte de nuestra escala de valores, y demuestran hasta qué punto ha llegado el proceso de interiorización del deber del trabajo.
Asi pues, desde una consideración de la industria como un oasis, como zona franca en el interior de la ley donde la ley no llega, donde la ley la impone el patrón, convirtiéndose en un espacio privado como lo puede ser la familia, donde el Estado apenas regula nada, se llega progresivamente a un mayor intervencionismo que va desposeyendo paulatinamente al empresario de su “despotismo capitalista” en favor del Estado quien suplanta al patrón en su posición. (Hay que decir que, desde una perspectiva puramente jurídica, el derecho del trabajo siempre ha visto la relación laboral como desigual y su mayor afán ha sido limitar el despotismo del empresario con normas de Derecho necesario, lo cual, en el fondo, no hace más que reforzar de facto la idea de que existe un espacio de autonomía patronal por debajo de esos mínimos donde el empresario dispone no sólo del trabajo productivo, sino también de la vida de sus empleados.)
En definitiva, el actual modelo tuitivo del trabajador pretende defenderlo del empresario, y a la vez de si mismo. Frente a este modelo, quizás merezca consideración otras alternativas más cercanas al liberalismo. Representaciones de modelos ingleses, que abogan por una mercantilización y contractualización de la relación laboral, donde el único objeto es el trabajo realizado y que permitirían, tal vez, hacer pasar al trabajador de la niñez a la edad adulta pues no necesitaría ya la constante tutela del Estado.
Otra cuestión es si es posible desvincular el legítimo objetivo productivo de la necesidad de controlar el trabajo para que éste sea realmente productivo, es decir, desligar el orden y la producción.
Los primeros intentos disciplinarios los encontramos en unos inexpertos patrones, allá en los comienzos de la Revolucion industrial, que trataban de mimetizar en las incipientes fábricas los modelos de control social propios de instituciones como la familia o el ejército (utilizando como principal método la vigilancia estrecha del trabajador); Posteriormente, el poder patronal para que sea completamente efectivo debia abarcar todos los aspectos de la vida y conducir al obrero desde su cuna hasta su tumba.Se impone la disciplina no solamente con la coerción sino a través de una estrategia de “moralización social”. El patrón se convierte en un benevolente “pater familias” que provee a sus obreros de todo lo necesario: educación, vivienda, alimento, ocio, asilos… Es una suerte de “despotismo ilustrado” donde todo se hace para el obrero pero sin el obrero, quien de este modo comienza a ver las normas de fábrica como un deber moral en vez de una obligación impuesta. Comienza así el proceso de interiorización de la disciplina que culmina con la sustitucion del paternalismo por el “mecanicismo”. La disciplina no nace ya de la voluntad malévola o benévola pero siempre subjetiva del patrón, sino de un dato objetivo: la necesidad tecnológica. Así, la disciplina proviene ahora de la racionalidad del proceso productivo y de los nuevos sujetos encargados de preservarla: los ingenieros. La disciplina deja de ser un fin en si mismo para convertirse en el medio para aumentar la productividad. Esta interiorización del “deber de trabajar” está estrechamente vinculada a la ética protestante. Como apuntó Max Weber en su obra “la ética protestante y el espíritu del capitalismo”, el protestantismo y más concretamente el Calvinismo hizo posible el matrimonio entre la religión y el dinero. Bajo la premisa de que el trabajo debidamente aprovechado es un signo divino de pertenecer a los elegidos, se genera una “ética del trabajo” de modo que trabajar deja de ser una maldición bíblica para convertirse en un valor moral. Hoy en día, conceptos como el de “profesionalidad”, “trabajo bien hecho” “autorrealización a través del trabajo” o el “self-made man” forman parte de nuestra escala de valores, y demuestran hasta qué punto ha llegado el proceso de interiorización del deber del trabajo.
Asi pues, desde una consideración de la industria como un oasis, como zona franca en el interior de la ley donde la ley no llega, donde la ley la impone el patrón, convirtiéndose en un espacio privado como lo puede ser la familia, donde el Estado apenas regula nada, se llega progresivamente a un mayor intervencionismo que va desposeyendo paulatinamente al empresario de su “despotismo capitalista” en favor del Estado quien suplanta al patrón en su posición. (Hay que decir que, desde una perspectiva puramente jurídica, el derecho del trabajo siempre ha visto la relación laboral como desigual y su mayor afán ha sido limitar el despotismo del empresario con normas de Derecho necesario, lo cual, en el fondo, no hace más que reforzar de facto la idea de que existe un espacio de autonomía patronal por debajo de esos mínimos donde el empresario dispone no sólo del trabajo productivo, sino también de la vida de sus empleados.)
En definitiva, el actual modelo tuitivo del trabajador pretende defenderlo del empresario, y a la vez de si mismo. Frente a este modelo, quizás merezca consideración otras alternativas más cercanas al liberalismo. Representaciones de modelos ingleses, que abogan por una mercantilización y contractualización de la relación laboral, donde el único objeto es el trabajo realizado y que permitirían, tal vez, hacer pasar al trabajador de la niñez a la edad adulta pues no necesitaría ya la constante tutela del Estado.
Otra cuestión es si es posible desvincular el legítimo objetivo productivo de la necesidad de controlar el trabajo para que éste sea realmente productivo, es decir, desligar el orden y la producción.