viernes, 19 de junio de 2009

¿Quién manda en la empresa?


El conflicto aparece como una constante en las relaciones de trabajo entre los directores (organizadores de la producción) y los trabajadores (operadores). Pero, ¿por qué?. El origen lo encontramos en la idea de que el capital humano no es comparable en modo alguno a los demás factores de producción (máquinas, edificios o dinero). Al trabajador se le exige una eficacia “técnica” comparable a la máquina, pero además la empresa espera conseguir la “disciplina cultural” del trabajador. De hecho, trabajar en una empresa implica no solo producir correctamente sino sobre todo un proceso de aceptación, de sometimiento a la “disciplina industrial” que acuña y moldea comportamientos con el objetivo de reducir la incertidumbre que genera el trabajo humano. Parece por tanto que la existencia de una “disciplina de empresa” se hace necesaria.
Los primeros intentos disciplinarios los encontramos en unos inexpertos patrones, allá en los comienzos de la Revolucion industrial, que trataban de mimetizar en las incipientes fábricas los modelos de control social propios de instituciones como la familia o el ejército (utilizando como principal método la vigilancia estrecha del trabajador); Posteriormente, el poder patronal para que sea completamente efectivo debia abarcar todos los aspectos de la vida y conducir al obrero desde su cuna hasta su tumba.Se impone la disciplina no solamente con la coerción sino a través de una estrategia de “moralización social”. El patrón se convierte en un benevolente “pater familias” que provee a sus obreros de todo lo necesario: educación, vivienda, alimento, ocio, asilos… Es una suerte de “despotismo ilustrado” donde todo se hace para el obrero pero sin el obrero, quien de este modo comienza a ver las normas de fábrica como un deber moral en vez de una obligación impuesta. Comienza así el proceso de interiorización de la disciplina que culmina con la sustitucion del paternalismo por el “mecanicismo”. La disciplina no nace ya de la voluntad malévola o benévola pero siempre subjetiva del patrón, sino de un dato objetivo: la necesidad tecnológica. Así, la disciplina proviene ahora de la racionalidad del proceso productivo y de los nuevos sujetos encargados de preservarla: los ingenieros. La disciplina deja de ser un fin en si mismo para convertirse en el medio para aumentar la productividad. Esta interiorización del “deber de trabajar” está estrechamente vinculada a la ética protestante. Como apuntó Max Weber en su obra “la ética protestante y el espíritu del capitalismo”, el protestantismo y más concretamente el Calvinismo hizo posible el matrimonio entre la religión y el dinero. Bajo la premisa de que el trabajo debidamente aprovechado es un signo divino de pertenecer a los elegidos, se genera una “ética del trabajo” de modo que trabajar deja de ser una maldición bíblica para convertirse en un valor moral. Hoy en día, conceptos como el de “profesionalidad”, “trabajo bien hecho” “autorrealización a través del trabajo” o el “self-made man” forman parte de nuestra escala de valores, y demuestran hasta qué punto ha llegado el proceso de interiorización del deber del trabajo.

Asi pues, desde una consideración de la industria como un oasis, como zona franca en el interior de la ley donde la ley no llega, donde la ley la impone el patrón, convirtiéndose en un espacio privado como lo puede ser la familia, donde el Estado apenas regula nada, se llega progresivamente a un mayor intervencionismo que va desposeyendo paulatinamente al empresario de su “despotismo capitalista” en favor del Estado quien suplanta al patrón en su posición. (Hay que decir que, desde una perspectiva puramente jurídica, el derecho del trabajo siempre ha visto la relación laboral como desigual y su mayor afán ha sido limitar el despotismo del empresario con normas de Derecho necesario, lo cual, en el fondo, no hace más que reforzar de facto la idea de que existe un espacio de autonomía patronal por debajo de esos mínimos donde el empresario dispone no sólo del trabajo productivo, sino también de la vida de sus empleados.)

En definitiva, el actual modelo tuitivo del trabajador pretende defenderlo del empresario, y a la vez de si mismo. Frente a este modelo, quizás merezca consideración otras alternativas más cercanas al liberalismo. Representaciones de modelos ingleses, que abogan por una mercantilización y contractualización de la relación laboral, donde el único objeto es el trabajo realizado y que permitirían, tal vez, hacer pasar al trabajador de la niñez a la edad adulta pues no necesitaría ya la constante tutela del Estado.

Otra cuestión es si es posible desvincular el legítimo objetivo productivo de la necesidad de controlar el trabajo para que éste sea realmente productivo, es decir, desligar el orden y la producción.

martes, 9 de junio de 2009

Comprar en domingo

Leo en la prensa: "Abrir 52 [domingos] al año, son 52 días de trabajo, de crecimiento y de poder de compra”. Cierto. La tendencia a la apertura de comercios durante todos los días del año y durante todas las horas del día es, pienso, imparable. La pregunta subsiguiente cae por su propio peso, ¿es esto ventajoso o perjudicial para el común de los mortales?. Desde el punto de vista individual o familiar ( en tanto que economía familiar) poder comprar cuando quiera y donde quiera supone una ventaja inobjetable que se traduce en más libertad de elección y en mayores niveles de adaptabilidad frente a un ritmo de vida cada vez menos previsible. Es lógico por tanto que las familias reaccionen (reaccionemos) positivamente frente a esta inercia que nos lleva hacia el horario ininterrumpido, el famoso 24 -7 -365.

No obstante a nadie se le escapa que en este modelo hay unos "perdedores". La lógica del horario ininterrumpido responde a la nueva norma de empleo flexible (ver post) de tal modo que para que nosotros compremos, los otros deben trabajar. Y esos "otros" son aquellos grupos de población que tradicionalmente son mas vulnerables desde el punto de vista del empleo (mujeres, jóvenes, inmigrantes, trabajadores descualificados) aquellos cuyo escaso o inexistente poder de negociación dentro del mercado laboral, les obliga a aceptar los trabajos más penosos (que hoy en día son aquellos que permiten al resto de nosotros una capacidad de compra "pret a porter"). Pero podemos ir un paso más allá. La interdependencia del mercado laboral hace que la flexibilidad que exigimos a los grupos vulnerables se vaya paulatinamente filtrando a otros empleos (aparentemente blindados) que mimetizan el paradigma del empleo flexible por una doble razón: primero, porque todos los trabajos y todos los servicios están sujetos a una demanda variable en el tiempo y en el espacio y en consecuencia todos los empleos sin excepción son susceptibles de entrar en esta dinámica; y en segundo lugar, si tenemos mayor flexibilidad para administrar nuestro tiempo de ocio, eso implica que el tiempo de trabajo también puede ser más maleable, o dicho de otro modo: si puedes comprar en cualquier momento del año, nada te impide trabajar en cualquier momento del año. Y esto es así porque frente a la aparente disponibilidad de tiempo que la apertura de comercios supone, subyace el efecto contrario, una menor disponibilidad del tiempo de ocio, el cual ahora debe necesaria e inexcusablemente ser dedicado a las gestiones propias de la llevanza del hogar. Así nos encontramos a familias enteras el domingo en el supermercado comprando con un "ritmo" muy semejante al que utilizan en sus trabajos, maximizando su tiempo de ocio (que ahora es de gestión familiar) del mismo modo que maximizan su jornada laboral. Es la llamada "intensificación del ocio" caracterizada por generar niveles de estrés y ansiedad muy similares a los propios del ritmo productivo, porque en nuestro tiempo de ocio, ahora también debemos ser productivos (comprar, ir al banco, solucionar papeleos, ir al médico...) Incluso las vacaciones son planificadas bajo la estricta mirada del reloj y el calendario, dueños y señores de nuestro tiempo en una suerte de reproducción en el tiempo de ocio del ritmo productivo donde prevalece un " ocio que no se destina al descanso" , sino literalmente al “no trabajo” es decir a hacer todo aquello que hace un ser humano cuando no trabaja productivamente.
Además, si alargamos la mirada más allá del horizonte inmediato, podremos detectar implicaciones que se alejan del ámbito meramente laboral y que se enraizan en los propios modelos de sociedad y que, en mi opinión son la cara más preocupante de este fenómeno: la desaparición de espacios comunes de ocio y espacios comunes de trabajo (caracterísitica ésta del modelo de empleo flexible, madre de la jornada ininterrumpida) desestructura a la sociedad, la deja sin columna vertebral porque el tiempo y el espacio de ocio compartido generan depósitos afectivos que, si se pierden, desvinculan al individuo del grupo social de referencia.
El devenir de nuestras historias particulares hace que en ocasiones perdamos de vista a familiares y amigos, y su ausencia es percibida como un vacío que tratamos de llenar, buscándolos. contactando con ellos aunque ésto suponga un esfuerzo añadido en nuestras laboriosas vidas. De un modo similar, con los espacios de ocio colectivo pasa lo mismo. Las fiestas compartidas, los lugares comunes referencian y configuran nuestra singularidad y la sensacion de pertenencia a un grupo social. Cuando los perdemos, la sensacion de vacio es similar aunque no sea tan nitida y sus efectos se perciban más a largo plazo. No sería malo que sacrifiquemos al menos en parte nuestra flexibilidad para poder seguir manteniendo el contacto con el resto de nuestros congéneres.