martes, 9 de junio de 2009

Comprar en domingo

Leo en la prensa: "Abrir 52 [domingos] al año, son 52 días de trabajo, de crecimiento y de poder de compra”. Cierto. La tendencia a la apertura de comercios durante todos los días del año y durante todas las horas del día es, pienso, imparable. La pregunta subsiguiente cae por su propio peso, ¿es esto ventajoso o perjudicial para el común de los mortales?. Desde el punto de vista individual o familiar ( en tanto que economía familiar) poder comprar cuando quiera y donde quiera supone una ventaja inobjetable que se traduce en más libertad de elección y en mayores niveles de adaptabilidad frente a un ritmo de vida cada vez menos previsible. Es lógico por tanto que las familias reaccionen (reaccionemos) positivamente frente a esta inercia que nos lleva hacia el horario ininterrumpido, el famoso 24 -7 -365.

No obstante a nadie se le escapa que en este modelo hay unos "perdedores". La lógica del horario ininterrumpido responde a la nueva norma de empleo flexible (ver post) de tal modo que para que nosotros compremos, los otros deben trabajar. Y esos "otros" son aquellos grupos de población que tradicionalmente son mas vulnerables desde el punto de vista del empleo (mujeres, jóvenes, inmigrantes, trabajadores descualificados) aquellos cuyo escaso o inexistente poder de negociación dentro del mercado laboral, les obliga a aceptar los trabajos más penosos (que hoy en día son aquellos que permiten al resto de nosotros una capacidad de compra "pret a porter"). Pero podemos ir un paso más allá. La interdependencia del mercado laboral hace que la flexibilidad que exigimos a los grupos vulnerables se vaya paulatinamente filtrando a otros empleos (aparentemente blindados) que mimetizan el paradigma del empleo flexible por una doble razón: primero, porque todos los trabajos y todos los servicios están sujetos a una demanda variable en el tiempo y en el espacio y en consecuencia todos los empleos sin excepción son susceptibles de entrar en esta dinámica; y en segundo lugar, si tenemos mayor flexibilidad para administrar nuestro tiempo de ocio, eso implica que el tiempo de trabajo también puede ser más maleable, o dicho de otro modo: si puedes comprar en cualquier momento del año, nada te impide trabajar en cualquier momento del año. Y esto es así porque frente a la aparente disponibilidad de tiempo que la apertura de comercios supone, subyace el efecto contrario, una menor disponibilidad del tiempo de ocio, el cual ahora debe necesaria e inexcusablemente ser dedicado a las gestiones propias de la llevanza del hogar. Así nos encontramos a familias enteras el domingo en el supermercado comprando con un "ritmo" muy semejante al que utilizan en sus trabajos, maximizando su tiempo de ocio (que ahora es de gestión familiar) del mismo modo que maximizan su jornada laboral. Es la llamada "intensificación del ocio" caracterizada por generar niveles de estrés y ansiedad muy similares a los propios del ritmo productivo, porque en nuestro tiempo de ocio, ahora también debemos ser productivos (comprar, ir al banco, solucionar papeleos, ir al médico...) Incluso las vacaciones son planificadas bajo la estricta mirada del reloj y el calendario, dueños y señores de nuestro tiempo en una suerte de reproducción en el tiempo de ocio del ritmo productivo donde prevalece un " ocio que no se destina al descanso" , sino literalmente al “no trabajo” es decir a hacer todo aquello que hace un ser humano cuando no trabaja productivamente.
Además, si alargamos la mirada más allá del horizonte inmediato, podremos detectar implicaciones que se alejan del ámbito meramente laboral y que se enraizan en los propios modelos de sociedad y que, en mi opinión son la cara más preocupante de este fenómeno: la desaparición de espacios comunes de ocio y espacios comunes de trabajo (caracterísitica ésta del modelo de empleo flexible, madre de la jornada ininterrumpida) desestructura a la sociedad, la deja sin columna vertebral porque el tiempo y el espacio de ocio compartido generan depósitos afectivos que, si se pierden, desvinculan al individuo del grupo social de referencia.
El devenir de nuestras historias particulares hace que en ocasiones perdamos de vista a familiares y amigos, y su ausencia es percibida como un vacío que tratamos de llenar, buscándolos. contactando con ellos aunque ésto suponga un esfuerzo añadido en nuestras laboriosas vidas. De un modo similar, con los espacios de ocio colectivo pasa lo mismo. Las fiestas compartidas, los lugares comunes referencian y configuran nuestra singularidad y la sensacion de pertenencia a un grupo social. Cuando los perdemos, la sensacion de vacio es similar aunque no sea tan nitida y sus efectos se perciban más a largo plazo. No sería malo que sacrifiquemos al menos en parte nuestra flexibilidad para poder seguir manteniendo el contacto con el resto de nuestros congéneres.

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